Aquila entró en la consulta del doctor Inorsh, se sentó y sonrió levemente.
– Me alegra que hayas venido. – Le dijo el doctor – Creí que eras de los que no quería admitir que necesitan hablar
Aquila, con rostro molesto e indignado, explicó:
– Realmente yo no quería venir, pero mi madre dice que es necesario, después de todo lo sucedido. Así que ahora estoy aquí, aunque sigo pensando que esto es una pérdida de tiempo.
El hombre hizo una anotación en un pequeño cuaderno.
– Siento cierta hostilidad. ¿Podrías decirme qué es lo que te gustaría estar haciendo en este momento?
– Me gustaría largarme de aquí. – Respondió Aquila, con escepticismo.
– ¿Por qué? ¿Se podría saber?
– Porque me molesta tener que venir aquí a hablar sobre Minerva y todo lo que sucedió. Es molesto tener que recordarla. Es suficiente con que cada vez que duermo sueño con ella y que su imagen me persiga cada día de mi vida, como para tener que hablar della aquí también. Además todo el mundo habla della y de cómo me siento yo. – Los ojos de Aquila se oscurecieron y dibujó una sonrisa de molestia en su rostro. – Pero no veo que nadie busque a quién... – Aquila paseó por sus recuerdos y agregó con melancolía. –…quién la mató a ella, nunca nadie piensa en ella.
Se acomodó, nuevamente, en el sillón. Su rostro demostraba desesperación. Tenía ojeras, como si no hubiera podido dormir en meses. Aquila intentaba no demostrar ni el mas mínimo sentimiento sobre lo sucedido, pero su mente y corazón tenían una batalla dentro de su ser. Ni con la más grande actuación podía evitar que sus sentimientos lo controlaran, hasta el punto en el cual sólo con verlo se notara la desesperación y angustia de aquel infeliz ser viviente.
El doctor intentaba hacer que Aquila hablara nuevamente.
– No te puedo decir que te entiendo, porque nunca he sufrido lo que tú, pero creo que la única forma de superar todo esto es enfrentándolo y dejar de pensar que esto lo podrás solucionar solo, porque sí fuera así ya lo habrías logrado hace mucho.
Aquila se levantó del sillón, caminó y miró por la ventana. Día y noche juntas al frente. “Maldita hora somnolienta”.
Su corazón sufría tanto. Aún recordaba aquella imagen. “¡La muerte!”
La luz de un faro se encendió, sus ojos se abrieron con temor., se alejó de la ventana.
Cerró los ojos, recordaba lo sucedido. No podía evitar sentir ese trago de desesperación. Se sentó y frotó sus ojos.
Se sentía encerrado.
Miró aquel lugar. Era tan molesto. ¡Como odiaba aquel lugar!
– ¡¿Y qué quiere que le diga?! ¡Qué sufro de culpabilidad o que todos los días de mi maldita vida pienso en ella! O esta mejor; ¡qué cada vez que voy a algún lugar todos los que me conocen me observan con rostro de apenados y los ojos llorosos y me dicen; “Pobrecito”! ¿Cómo se sentiría usted, sí cada vez que ve a sus amigos o a su hermano le recordaran lo que sucedió e inmediatamente que llega a su sala de clases pareciera que usted viniera con una enfermedad mortal? ¡¿Cómo se sentiría usted?!
Aquila ya no podía seguir guardando sus sentimientos en un cofre de hielo. El cansancio y la angustia le habían ganado a todo el silencio.
Se acomodó en aquel sillón de cuero.
Ya no lo resistía, ya no soportaba todo el peso que había guardado durante tanto tiempo.
Se puso a llorar como no lo había hecho en años. ¡Su desesperación era tanta! ¡Se había ido y en cierto modo no podía más que sentirse como un asesino!
El doctor Inorsh quiso seguir con la conversación, considerando que en bastante tiempo esto había sido el más grande avance que había logrado con el angustiado joven,
– Creo que al fin estamos avanzando. – Dijo con aquel aburrido y solemne tono – Me gustaría que me contaras la historia desde el principio.
– ¿Desde el principio?
Estaba cansado y aún con los ojos llorosos y mostrando su pena a flor de piel continuó:
– Si, claro.
Aquila tomó un largo respiro, mientras se tapaba los ojos y dijo mientras se acomodaba en su asiento:
– Bien, usted ya sabe la historia de cómo la conocí, así que le contaré todo lo que pasó después de la primera visita de Minerva.
“A la mañana siguiente Minerva se levantó y discutió con su tía. Parecían no tener una buena relación.
En la tarde Minerva salió con rumbo indefinido, caminó durante horas pensando en lo sucedido. Cuando llegó a una plaza se sentó en silencio, esperando que algo o alguien la salvara de su pesar, pero ni a cien metros a la redonda parecía que alguien fuera a llegar y que a Minerva le pudiera importar.
Contempló unos minutos el paisaje. Se había puesto a llover y aunque el cielo estuviera tapado por las nubes, Minerva, no notaba más que sus pensamientos. El frío y el viento parecían no notarse.
Estuvo largo rato sentada. Cuando ya se iba a levantar, Minerva, sintió que alguien le hablaba detrás.
– ¿Estás bien? Deberías levantarte y saludarme. – Dije.
Minerva miró hacia atrás. Sus ojos cambiaron rápidamente y sonrió diciendo:
– ¡Aquila! No puedo creer que estés aquí, pensé que no volvería a verte.
Después desto me abrazó, como si no me hubiera visto durante semanas, yo en cambio aún no había podido sacármela de la cabeza desde el día anterior.”
– Cuéntame, ¿qué sucedió luego desto? – Preguntó el doctor Inorsh
“Después desto, Minerva me dijo:
– Me alegra tanto verte – Se secó las lágrimas, en un intento de ocultarlas, que sólo lograba que yo las notara aún más.
No pude más que sentir, que era más hermosa que cualquiera de las chicas que había visto antes.
– ¿Estás bien? – Le pregunté.
– Si, estoy perfectamente. – Respondió Minerva intentando fingir, mientras se frotaba los ojos.
– ¿Seguro?
Minerva suspiró y dijo con tono de haber estado llorando durante largo rato.
– Si, seguro.
Fijando la mirada en un punto distante, decidí sentarme al lado della. Guardé silencio, esperando que en algún minuto decidiera contarme lo que le sucedía. Después de un largo rato de espera Minerva habló.
– Discutí con mi tía. Nos gritamos tantas cosas que no las puedo recordar.
Me levanté de la banca y le tendí la mano diciéndole.
– ¿Quieres ir a mi casa?
– No lo creo.
– ¿Qué, acaso tienes miedo de mi? ¡Vamos, levántate! ¿O prefieres quedarte aquí?
Minerva al fin se levantó. Durante todo el camino avanzó en silencio. Cuando llegamos, Minerva, sintió algo de vergüenza por lo sucedido. Tomó un largo respiro antes de entrar.
– Pasa, siéntate. – Le dije.
– No te preocupes, creo que después de todo esto no podré verle la cara a tu madre, sin sentir vergüenza.
– Creí que vendrías hoy.
– Si, yo también pensé algo parecido.
– ¿En qué pensaste?
– Francamente, pensé que no los volvería a ver después de todo lo que pasó.
– Yo no diría lo mismo, mi mamá piensa que eres una chica bastante…“singular” y después de que derribaron la puerta…
– ¡¿Qué?! ¿Derribaron la puerta?
Minerva no pudo evitar aquella risita nerviosa que le daba cada vez que sucedían cosas que no tenía planificadas.
– ¿Y tú mamá? – Me preguntó, mientras se frotaba los brazos y la buscaba con la mirada
– Mi mamá salió a comprar unas cosas para comer. ¿Quieres subir? – Le pregunté
– Si, si, bueno, además necesito hablar contigo.
Minerva estaba nerviosa, más que nada, incómoda por todo lo que había causado en la casa.
Subió las escaleras y cuando pasó por el pasillo seguían todas las cosas igual, excepto aquella puerta derribada por algún tipo de martillo y cubierta por una cortina o algo así. Era difícil saber qué era.
Minerva siguió caminando. Cuando llegó a la puerta de mi pieza la invité a sentarse
– No, no te preocupes. – Me respondió – ¿Tu madre se dio cuenta de que me ayudaste?
– ¿Ella?... Si, creo que si. Me conoce lo suficiente como para no darse cuenta.
– Creo que esto no te va a servir. – Indicó, sacando una llave de su bolsillo y entregándomela con rostro apenado.
Tratando de quitarle ese rostro agregué:
– No creo que debas preocuparte tanto por mi madre, ella no está para nada enojada.
–Si, pero que tu madre no esté molesta no me quita la culpabilidad. Hoy tuve una discusión con mi tía y me hizo sentir…
–… ¿despreciable?
– Exacto. Últimamente casi no conversamos sin que haya una pelea y pareciera que siempre fuera mi culpa.
Minerva se dejó caer en la cama y añadió:
– ¿Cómo crees que debería sentirme? Mi tía se enojó tanto. Me dijo que me cambiaria de liceo. En lo personal a mí no me molesta, pero sé que ella está molesta y siento que cada día está más distante.
Me senté y le dije a Minerva, que aún parecía demostrar culpabilidad y algo de pena en su mirada:
– No te preocupes, sólo es algo que sucede por el momento. Las cosas se solucionarán solas y no deberías sentirte culpable o apenada.
Minerva tomó un respiro y musitó:
– Si, creo que tienes razón, mejor cambiemos de tema.
– Voy a ver sí mi mamá ya llegó.
Minerva se levantó.
– Te acompaño, no quiero quedarme sola.
Cuando bajamos la escalera, mi hermano que había llegado, se detuvo y nos miró.
– ¿Y tú? No sabía que había invitados. – Manifestó asombrado, mi olvidadizo hermano, por la visita de la cuál ya se le había avisado.
–Si, invité a Minerva un rato. – Respondí.
Mi hermano sacó un estuche de su chaqueta y dijo:
– Bueno, yo traje unas películas para que veamos, pero sí quieres hacer otra cosa, no importa.
– Pero podríamos ver películas con Minerva. ¿Qué piensas? – Le pregunté a ella.
– No lo sé, tendría que preguntarle a mi “querida” tía, la cual está enojada conmigo. – Respondió esta mirándome con ojos apenados.
– Pero la llamamos. – Agregó Eneas con la seguridad que le caracterizaba.
– No, creo que mi tía debe estar todavía molesta por lo que pasó, además no sé sí tu madre desee una invitada como yo en su casa.
Cuando Minerva dejó de hablar llegó mi madre, observó rápidamente a mi invitada y exclamó, con tono alegre y asombrado a la vez:
– ¡Minerva, viniste!
Minerva comenzó avanzar hacia la puerta tapándose el rostro con su cabellera.
– Si, señora, pero inmediatamente me voy, sólo quería pedirle disculpas por lo sucedido ayer.
– Bien, no te preocupes querida. – Dijo mi madre, mientras Minerva caminaba hacia la puerta para irse.
– Mamá, invité a Minerva, pero esta cree que no es buena idea. ¿Puede quedarse? – Pregunté.
– Claro. Minerva puede quedarse si así lo desea, además voy a preparar algo para comer, ustedes no se preocupen, siéntense. – Dijo y mientras tomaba a Minerva del brazo y la sentaba en el sillón intentó seguir la conversación. – Dime, Minerva ¿te gustan los bizcochos?
Minerva algo extrañada por la pregunta respondió a mi madre que ya estaba en la cocina:
– Si, no se preocupe por mí.
– Bien, mamá, nosotros vamos a ver unas películas a la habitación. – Agregó mi hermano mientras nos arrastraba a mí y a Minerva a la habitación.
Debo admitir que nunca quise que mi hermano se entrometiera en mi amistad con ella, pero era inevitable. Era mi hermano y lamentablemente vivíamos en la misma casa y lo único que podía hacer era aceptarlo, aunque me reconfortaba pensar que Minerva siempre deseaba más mí compañía que la dél.
Y a pesar de considerar a Minerva tan solo una amiga reciente, no podía evitar ponerme celoso cada vez que mi hermano la hacía reír.
Ese día vimos películas toda la tarde, sólo nos detuvimos para tomar el té, luego retomamos nuestra entretención.
Alrededor de las ocho, Minerva creyó que debía irse, pero como no terminaba aún la película, le insistí en que se quedara y que yo me encargaría de llamar a su casa.
Minerva no muy segura desto me contuvo.
– No, no te preocupes, creo que ya sé la respuesta.
Entonces entró mi madre y preguntó a mí invitada, que ya vestida se dirigía a la entrada:
– ¿Ya te vas?
– Si, es que es un poco tarde y mi tía se puede preocupar.
En realidad ella y yo sabíamos que ese no era el problema.
– No te preocupes, yo llamaré a Carol, le diré que estás aquí y comprenderá todo.
Minerva algo consternada sólo pudo obedecer y sentarse mientras mi madre bajaba a llamar a su tía.
Tomó el auricular y marcó el número de teléfono. Inmediatamente le respondieron.
– Alo ¿con quién hablo?
– Carol, hablas con Amelia.
– Amelia ¿qué pasa?
– Te llamo para avisarte que tu sobrina está conmigo y que mi hijo la invitó a ver unas películas.
– No sabes cuanto te lo agradezco, estaba tan asustada.
– Bien, yo te la voy a ir a dejar cuando terminen. Adiós.
– Adiós. – Respondió Carol de forma cortés, mientras cortaba el teléfono y se dirigía a la sala de estar.
Se sentó para volver a la conversación con su amigo. ¿Quién diría que en ese instante, en el cual Minerva estaba en mi casa, su tía tenía a un invitado tan importante?
– ¿Quién era? – Preguntó el invitado.
Carol tomó un respiro y respondió:
– Nadie importante.
– ¿Nadie importante? ¿Tenía que ver con Minerva?
– Si, pero no te asustes, sólo es gente inofensiva.
– ¿Inofensiva has dicho? Debes saber que nadie en el ajedrez es inofensivo, menos con ella en el juego.
– Que aburrido te has puesto, mejor te vas. Por lo demás, sólo es una mujer con sus dos hijos. Nada que temer, sólo te estás asustando por la nada. – Agregó Carol, mientras miraba a su invitado, el cual parecía más enojado que nunca.
Este la tomó fuertemente de los hombros y dijo con aire desesperado:
– ¡¿Que has hecho mujer?! ¡Dime! ¡¿Cómo se llaman aquellos jóvenes?!
– Aquila y el otro Eneas, son sólo unos adolescentes. ¿Qué daño podrían hacer a nuestro plan?
– Muchos. – Su rostro se volvió temeroso. – ¿Cómo se te ocurre? Lo que hiciste podría arruinarlo todo. – Agregó el hombre enfurecido, mientras Carol intentaba recuperar el control de las cosas.
– No te asustes, ella aún no sabe nada. Además se alejará sola desos jóvenes, es una aburrida.
– ¡Mentira! No sucederá así. Tú no podrás separarlos, nadie podrá. ¿Cómo pude meterme con una mujer como tú?
– ¿Cómo yo?
– Realmente eres tal y como lo pensé, eres tan solo una tonta a la que jamás podría ver con otros ojos como con los que te veo ahora. – El hombre frotaba su tabique en forma nerviosa, pero pensativa.
Rápidamente Carol agregó:
– Bien ¿eso es lo que piensas? Entonces, puedes arreglártelas sin mí. Ya veremos sí consigues lo que deseas. Ahora vete.
El hombre, con rostro de superioridad, lanzó una carcajada, junto con un último comentario mientras abandonaba el lugar:
– ¿Realmente crees que sobrevivirás sin mí? Me necesitas, lo sabes por eso te mantienes fiel a mí desde el inicio, es por eso que me has soportado, que te arrodillas ante mí. Eres tan solo un peón de este juego, puedo hacer que el enemigo te elimine cuando yo lo quiera y sí realmente crees que puedes derrocarme te diré una cosa; No podrás, porque para eso necesitas de los otros, pero ellos me temen y no harán nada. Arrepiéntete ahora y te perdonaré, podrás volver a hacer lo que siempre has sido y fingiré que esto jamás sucedió.
Carol estaba encerrada, quizás por temor estaba condenada a decir que sí. Las palabras brotaron de su boca.
– Vamos, por favor, ¿de qué estás hablando? No juegues. Bien sabes que jamás te traicionaría, yo te amo. Te necesito tanto, como tú a mí. Olvidemos esto.
El rostro del invitado irradió alegría de triunfador, demostrando su vanidad. Seguido a esto se puso el abrigo, abrió la puerta y se fue.
Carol al fin respiró, como sí fuera su último respiro, antes de un futuro oscuro. Y con una sonrisa agregó para sí misma:
– Amo y señor, te necesito tanto como tu a mí. Es por eso que te tengo que eliminar. Nada personal.”
– ¡Guau! Realmente, Aquila, tú has superado todas mis expectativas. ¿Te puedo preguntar algo? ¿Cómo supiste lo que sucedía en la casa de Minerva, mientras miraban películas?
– Sí sabe escuchar el tiempo suficiente y deja de interrumpir sabrá cómo me enteré desto.
“Minerva, Eneas y yo vimos películas hasta alrededor de las doce, pero a mi hermano le dio sueño y decidió irse a acostar a la otra habitación.
Cuando abandonó la habitación al fin pude estar solo con Minerva, quien parecía más interesada en hablar que en ver una película, por lo que decidí indagar.
– ¿Estás bien? Pareces algo pensativa.
– Si, estoy bien. Lo que ocurre es que ayer cuando fui a mi casa encontré algo de lo que no me acordaba.
Con un movimiento rápido, Minerva sacó de su bolsillo un collar maravilloso, tan solo digno de la belleza de una persona como ella. Después de lo cual sólo pude decir:
– Este collar es casi tan hermoso como tú.
Aunque me sentía algo intimidado por Minerva, creo que - aunque no quisiera decirlo - por timidez, las palabras salieron de mi boca sin esfuerzo, haciéndome digno de un rubor y una sonrisita nerviosa della.
– Gracias, eso fue muy lindo.
– No fue nada. Decirle a alguien la verdad nunca es difícil.
Después de decir esto, Minerva me observó interesada y creo que inconscientemente me acerqué cada vez más. Aunque no la conocía lo suficiente como para decir que éramos amigos, me gustaba lo suficiente como para arriesgarme tan solo una vez y luego observar cómo reaccionaba. Al principio pareció corresponder a mis sentimientos, pero luego de un instante Minerva reaccionó e intentando no corresponderme se levantó y dijo algo temerosa:
– Lo siento, de verdad lo siento, pero no creo que tu y yo…tú sabes…no es una buena idea…no es que no me gustes o no te encuentre agradable, pero nunca me ha gustado aferrarme a nada. ¿Comprendes? No es nada personal, es que simplemente no aspiro a dar mensajes equivocados.
Nunca pude eliminar ese sentimiento por completo, creo que incluso cuando fuimos enemigos jurados siempre la quise como cuando la conocí. Pero ¿qué podía agregar en ese minuto? A veces pienso, que sí tan solo hubiera cambiado una de mis acciones, las cosas serían distintas. Después de todo respondí:
– Si, creo comprenderlo, no te preocupes, tan solo fue un impulso.
Minerva caminaba por el lugar en forma nerviosa.
– Si…bueno, como te decía – Continuó para zanjar el tema – este collar es de mi madre, me lo regaló el día de su muerte.
– Debe ser muy caro.
– No lo sé, pero tengo la sensación de que debería ponérmelo.
Minerva aún algo afectada, por todo lo sucedido, mantenía cierta distancia conmigo, mientras desabrochaba el collar y se lo ponía alrededor del cuello.
Yo, tan solo, observaba intentando que no se sintiera intimidada.
Al terminar de ponerse el collar, mi madre nos llamó y bajamos rápidamente las escaleras para ver qué era lo que sucedía.
– Voy a salir donde una amiga y necesito que cuiden la casa.
– ¿Qué sucedió?
– La mamá de una amiga mía está enferma y tengo que ir a verla. Ustedes quédense aquí, cuando venga te iré a dejar Minerva, no te preocupes.
Mi madre salió rápidamente de la casa.
Miré de soslayo a Minerva, sin saber qué hacer, pero este pequeño momento de incomodidad fue cortado por un sonido que provenía del segundo piso.
Corrimos a la fuente del ruido y llegamos a la habitación de mi hermano. Abrí la puerta y pregunté:
– Eneas, ¿estás bien?
– No. ¡Ayúdenme! ¡Estoy a punto de caer por la ventana!
Minerva y yo socorrimos a mi hermano, quien no mentía al decir que colgaba de la ventana.
Después de que las cosas se calmaron decidí preguntar:
– Dime Eneas, ¿qué hacías en la ventana colgado?
– ¿Quieres saber la verdad?
– Claro. – Respondí – Espero que tú respuesta no sea un pensamiento suicida. Pero si lo fuese, no te preocupes, tú hermano, aquí presente, siempre te apoyará en todas las cosas que emprendas.
Minerva se quedó mirándome, como sí hubiera vuelto a confiar en mí y sonriendo agregó:
– Si. Creí que dormías.
Eneas respondió, con cierto aire de culpa:
– Bien, la verdad es que iba a una fiesta junto con una amiga…
– ¿Se puede saber quién es?
– ¿Me prometen que no dirán nada?
Yo dudé un instante, pero Minerva aceptó rápidamente.
– Claro, guardaremos tu secreto.
– Bien, la chica con la que salí esta noche se llama Ximena y es hermosa.
– Creí que estabas saliendo con Jessica.
– Si y seguiré saliendo con ella, sí ella no se entera.
Minerva parecía algo enojada por el comportamiento de mi hermano, lo cual me agradaba bastante.
– ¡Eres un tonto! ¿No has pensado en los sentimientos desas chicas cuando se enteren? – Le reprochó
– No, no lo había pensado. – Rió este.
– Bien, pues deberías pensarlo o yo misma me encargaré de decirles a ambas lo que hiciste.
– No puedes. Prometiste que no dirías nada. – Dijo mi hermano con rostro de superioridad.
– Si. Creo que tengo razón al decir que tú y tú hermano son distintos.
– ¡Bien! Poco me importa
– ¡Bien!
La situación se había puesto algo difícil e intenté cambiar el tema.
– ¿Alguien quiere comer algo?
– No te preocupes por mi, Aquila. Yo me iré a mi habitación.
Después desa pelea, vimos películas durante un rato, en la televisión de mi habitación.
Minerva aún se mantenía alejada de mí.
El sueño me estaba ganando y lentamente mis párpados se bajaban. Primero unos segundos, luego unos minutos y después unas horas.
Minerva se durmió a mi lado. Cuando me levanté, aún con sueño, caminé por la casa.
Mamá aún no llegaba.
Bajé y caminé hasta la cocina, tomé un vaso, abrí la llave del agua.
El sueño me estaba ganando y creo haberme dormido por un instante, porque al despertar, mi hermano se encontraba a mi lado mirando como el agua se derramaba sobre mi brazo.
– ¿Aquila, estás despierto? – Me preguntó
– No, estoy aquí parado por arte de magia.
– Bien. ¿Tu amiga está en la pieza?
– Si, está durmiendo, ¿por qué?
– Quería preguntarte algo: ¿Te gusta esta chica?
– Si, y espero que no actúes como siempre.
– ¡Claro que no! – En aquel entonces a mi hermano esta idea le parecía inconcebible. – Además se nota que siente lo mismo por ti.
– ¿Lo crees? – En aquel momento no sabía si lo que decía Eneas era su forma de pedirme algo o la verdad.
– Claro. Pero me gustaría pedirte algo; me gustaría que no le dijeras a mamá por qué la canaleta de mi pieza está caída.
– No, hermano, no le diré nada. Buenas noches. – Le dije, mientras iba a despertar a Minerva, quien se veía más bella e inofensiva que nunca.
Me acerqué a ella.
– Minerva, despierta. – Le susurré – Te quedaste dormida.
Minerva se despertó lentamente y miró a su alrededor, como sí estuviera perdida.
– Aquila, ¿qué hago aquí?
– Nada, te quedaste dormida.
– ¿Qué hora es?
– Son las dos. – No recordaba haber visto el reloj y aclaré. – o tres de la madrugada.
Minerva se levantó, tomó su chaqueta.
– ¡Qué tarde! Me tengo que ir, aunque parece que a Carol no le ha importado mucho que no haya llegado.
– No digas eso, tu tía sabe que mi madre te irá a dejar.
– Tuve un sueño muy extraño. – Dijo de pronto
– ¿Si? Cuéntamelo.
– Mi tía estaba con un hombre y hablaban cosas muy raras. Decía algo sobre mí. No entendí bien lo que sucedía, pero sé que mi tía estaba muy asustada.
– No te asustes, tu tía debe estar muy bien. Sólo debe haber sido un sueño.
– Si, eso espero.
Minerva se sentó y preguntó afligida:
– ¿Y sí es cierto?
– No lo es, sólo fue un sueño.
Sonreí restándole importancia. En aquel entonces esas cosas no me parecía más que situaciones imposibles.
– No fue un sueño, lo sé, lo presiento.
Minerva suspiró.
– No te asustes.
– Pero, sí era cierto significa que ese hombre quiere hacerme daño.
– Nadie te quiere hacer daño, no te asustes.
Minerva jamás me contó todo lo sucedido en ese sueño. Con el tiempo sólo me enteré de aquella conversación que vio de su tía.
Minerva estaba asustada y no logré...”
Aquila interrumpió su relato y observó al doctor Inorsh.
– No me está escuchando, ¿verdad?
– Claro que te estoy escuchando.
– Siento la interrupción, pero últimamente a nadie parece importarle lo que digo.
– A mi me importa y es obvio que a tu familia también.
– ¿Usted cree que sí a mi familia le importara escucharme estaría hablando con alguien contratado por mi madre?
– Creo a tu madre le importas mucho, pero ella no sabe qué es lo que estás sintiendo.
– No creo que sea esa la razón de que esté, hoy, aquí hablando con usted.
– ¿Cuál, entonces, sería la razón?
– Temor.
– ¿A qué?
– Temor a lo que pasa por mi mente. Temor a conocerme. Temor a lo que he hecho.
– Debo preguntarte; ¿a qué te refieres con “lo que has hecho”? – Dijo el doctor Inorsh, cambiando levemente el tono de su voz, mientras la mirada de Aquila cambiaba de una persona apenada y con una mente trastornada, a la de un joven frío, que no demuestra remordimiento por lo que ha hecho. Demostrando así, que todo fue sólo para sobrevivir.
– He hecho cosas horribles. – Respondió retomando la conversación. – A mis diecisiete años; golpeé, amenacé, manipulé y muchas veces no dudé en matar. Y lo hubiera hecho, si no hubiera sido porque el destino no me lo permitía.
El doctor Inorsh observó a Aquila, con un rostro de temor y a la vez de gran interés por su paciente y preguntó nuevamente:
– Aquila, ¿por qué crees que tu madre debe sentir temor en este minuto?
– Porque yo lo tengo. Tengo miedo de lo que he podido llegar hacer. Admito que hice cosas terribles, pero sé también, que sí no lo hubiera hecho, en este minuto estaría muerto. Admito que siento vergüenza de no sentir remordimiento de haber causado tanto daño, pero es así y ya no hay vuelta atrás.
El doctor Inorsh retomó su postura anterior en el sillón del frente y volvió a escuchar la historia que le tenía que contar aquel joven
“Como le decía:
Minerva siempre tuvo gran miedo de aquel sueño, pero eso no sería lo único que sucedería aquella noche.
Minerva aún estaba algo asustada y decidí ofrecerle un té, aunque se observaba que ya se había tranquilizado un poco. Nunca la volví a ver temblar tanto, no sé realmente lo que observó en su sueño, solo sé que fue algo que jamás olvidaría.
Cuando Minerva terminó de beber su té, le pregunté:
– ¿Qué fue lo que soñaste?
Minerva sonrió, como cada vez que intentaba restarle importancia a la situación luego de haberla considerado y pensado más lógicamente, lo cual en su mundo no era algo conveniente.
– Nada importante, sólo vi a mi tía hablando con un hombre. No sé quién era, pero dijo cosas muy extrañas… (Luego de decirme esto me contó aquella conversación que le acabo de relatar)
Cuando Minerva terminó de relatarme su sueño, la tranquilicé y le dije que eso no había sucedido, que sólo era un sueño.
¿Quién diría que ese sueño sería mi primera relación con todo el mundo de Minerva?”
– Bien, creo que se nos ha ido la hora muy rápido, Aquila.
Al terminar esta oración, el doctor se decidió a pararse y a despedir a su paciente, que cerrando la puerta abandonó la consulta.